Mad Max es y siempre será un filme impactante. Acelerado, violento, distópico, pesimista pero también muy atractivo. Y esto último se debe a varios factores pero uno importante es el carisma del personaje central. Un policía del futuro con cara de buen chaval que a medida que avanza el filme se va “pasando al lado oscuro”. El mismo título de la película hace referencia a este trastorno del personaje. Otro factor es que se trata de espagueti western de carretera que sustituye caballos y también revólveres por coches, creando todo una fascinación hacia el motor, el hierro y también el cuero. Ahí es nada.

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Su argumento es bastante simple, en un futuro cercano un policía lucha para imponer el orden, superado por la locura que lo rodea intentará escapar de ello sin poder evitar que el desastre se cierna sobre quienes le rodean. Decidirá entonces tomar cartas en el asunto. Utilizando el último de los V8, un coche especial de persecución.

En el futuro cercano donde se desarrolla el filme todo se está desmoronando. Las instituciones, los organismos como la policía y la administración, el sistema judicial… todo respira abandono y apatía. La voz de la radio de la policía nos va poniendo en situación, tal y como lo hace la televisión en filmes de Verhoeven como Robocop (ídem, 1987) o Starship troopers. (ídem, 1997). Aunque sin tanta ironía.  La sensación que deja es más descorazonadora. Hacia el último tercio cuando Max se lleva el V8 ya ni siquiera nos importa lo que dice. Ya sólo importa una cosa. El rugir del motor y la carretera.

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La ópera prima de George Miller (autor de Las Brujas de Eastwick, Happy Feet o Babe) nació como un filme de coches y acción. Es decir pura explotación como otros filmes australianos de la época como Stone (ídem, Sandy Harbutt, 1974) Pero sus escenas de acción, su montaje, sus interpretaciones y desde luego su música la elevan por encima de la media de este tipo de cine. Miller imprime una narración eficaz con un montaje frenético que contiene un punto tosco. Como si en algunos momentos se hubiera olvidado poner un fotograma. Algo que le va perfecto al filme y lo hace único junto con su secuela en lo que a escenas de persecución se refiere. En la tercera este endiablado montaje  queda apagado, como si el hacer de Hollywood atenuara el nervio australiano.

Volviendo a la primera parte hay que decir que las persecuciones respiran realidad por varios motivos, entre ellos la mezcla entre un ajustado presupuesto y la pura inconsciencia de un apasionado equipo de rodaje. El director de fotografía David Eggby se subió de paquete a una moto mostrando en primera persona la carretera y el cuentakilómetros. El conductor de la motocicleta le deja espacio agachado y apoyado encima del depósito mientras ruedan a 120 km/h. Ahí no hay truco (en otras escenas si). Tampoco cuando el equipo decidió usar un cohete de uso militar para los planos previos a la explosión de Knightrider, esos en que el coche derrapa sin control echando fuego por la cola. El descontrol del vehículo fue real pues debía ir en línea recta y chocar contra los barriles que luego estallan. Cierto es que en algún momento Miller utiliza la “cámara rápida” haciendo que los fotogramas vayan más deprisa. Pero cuando estás pensando, oh no hagas eso, ya ha hecho un cambio rápido de planos algo ha salido volando y la música de Brian May ha explotado. El resultado es único y genial (por lo menos para mí).

Miller sabe también manejarse en los momentos cuando no hay persecuciones. Cuando Jessie y Max se van de vacaciones juega con el suspense de un modo bastante inteligente. Ahí están los momentos en que ella pasea y se relaja sola en la playa, momentos en los que sabemos que la están acechando y algo malo puede pasar.

Los villanos de la función están bastante cerca de la familia de perros del desierto de Las colinas tiene ojos (The hills have eyes, Wes Craven, 1977). Dan auténtico miedo y están muy cerca de la locura. Desde la aparición de rayo nocturno (Knightrider) hasta el cortauñas (the toecutter, espléndido personaje y muy bien interpretado por Hugh Keays-Byrne inspirado en Gengis Kahn) pasando por Buba Zanetti (tranquilo y malrollero)  e incluso Bobby. Todos ellos tarados a distintos niveles pero con un inquietante punto infantil. Animalizados e inadaptados. Pero lo mejor es que estamos ante un filme australiano y eso implica un punto más de intensidad en todo, sobretodo si la comparamos con una producción americana de la época. Como relata Mark Hartley en su estupendo documental Not Quite Hollywood (podéis leer aquí la crítica). Australia era una especie de Hollywood barato regido por sus propias normas, con una industria incipiente con pocas restricciones y llena de jóvenes apasionados por el séptimo arte.

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El frenético montaje, sus escenas automovilísticas y la fuerza de algunos primeros planos que la descubren como el western que es, son algunas de sus señas de identidad. Puso en el mapa a Australia cinematográficamente hablando (también a Mel Gibson) y sentó las bases para las fantasías post apocalípticas que llenarían las pantallas de medio mundo a principios de los ochenta. Lo mejor aún estaría por llegar pues poco más de un año después llegaría la segunda parte, superior en todos los aspectos al filme que nos ocupa.

Y es que Mad Max no es más que una película de coches y venganza, pero es la mejor.

ROGER MONTFORT

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https://www.youtube.com/watch?v=lA4A3cADrF8

 

 

 

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Ficha Técnica
Título original: Mad Max
Título español: Mad Max, salvajes de la autopista
Guión: James McCausland, Byron Kennedy, George Miller
Música: Brian May
Fotografía:David Eggby
Montaje: Tony Paterson
Reparto: Mel Gibson, Hugh Keays-Byrne, Roger Ward, Joanne Samuel, Steve Bisley
Productora: Kennedy Miller Productions
Año:1979
Duración: 93 min.
País: Australia
Ficha IMDB