Quien escribe aquí estas líneas continúa sumido en el asombro que le provocó el pasado miércoles la última película de Alberto Rodríguez. Sería una estupidez echarle la culpa de ello a esa infundada fascinación que multitud de cinéfilos sienten cuando asisten al pase de un largometraje que viene avalado por importantes premios en festivales internacionales y que, sin querer sonar demasiado cínico, en este caso han dado en el clavo.

La Isla Mínima

El prodigio que es La Isla Mínima (A. Rodríguez, 2014), obra destinada a ocupar desde ahora un puesto clave en los catálogos de referencia del nuevo cine de género patrio, se encuentra a nivel narrativo y estético muy por encima de la gran mayoría de las producciones nacionales realizadas en los últimos años.

La Isla Mínima
Comienzos de la década de los ochenta. Un pequeño pueblo andaluz. Dos chicas, hermanas, no regresan a su casa tras asistir a las fiestas. Un par de policías de la capital, ideológicamente opuestos, llegan al lugar para investigar su desaparición. Un lugar donde la Transición que se respira apesta a podredumbre, a crucifijos con estampitas de dictadores fascistas sobre la cama de una pensión, a panfletos prohibidos sobre la iniciación de la mujer en el mundo laboral, a un cambio social que nadie espera ni quiere ver llegar y que, cuando parece que se acerca a escondidas, no es más que el puro rostro del horror disfrazado de amabilidad. De ello se ocupa la excelente labor realizada por el director de fotografía Alex Catalán, quien crea una fantástica atmósfera de cine negro contemporáneo con algunos planos de una belleza abrumadora que se permiten el lujo de detener la acción por unos instantes, y contemplar el vuelo de los flamencos ante una poética puesta de sol.

La Isla Mínima

El director y guionista nos ofrece en su quinta película un relato enmarcado en un contexto histórico determinado, llegando casi a asentar los cimientos de una película de época. Sin embargo, lo que realmente nos quiere contar aquí es la historia de un crimen, un crimen tan perverso que sacude a un pueblo entero y lo contamina. Rodríguez trata la zona donde desarrolla su aventura como un personaje más y, convirtiendo la desaparición de las jóvenes en una enfermedad, la infecta. Las marismas del Guadalquivir son como la Nostromo de Alien (R. Scott, 1979), el Twin Peaks de David Lynch o la casa de Catherine Deneuve en Repulsion (R. Polanski, 1965), funcionan a un estadio mayor que como simple espacio, se convierten en catalizadores de los turbios actos que se cometen entre quienes las habitan. Los ocultan entre los altos juncos, los pervierten a través de los vastos y solitarios trigales y, cuando cae la noche, la oscuridad se ocupa de borrar sus huellas.

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Lentamente, el cineasta se sirve de unos soberbios planos cenitales, tomados desde el aire, para radiografiar su escenario, para intentar hallar el origen de la feroz epidemia asesina que lleva asolando las tierras desde hace años. Es fácil encontrar una relación estructural entre las primeras vistas aéreas de esos hábitats poblados de algas y atravesados por pequeños afluentes marinos con el interior de un cuerpo humano, poblado de venas y masas carnosas. El director eleva el crimen que presenta en pantalla al nivel de una plaga, y al hacerlo lo lleva literalmente de vuelta a su origen, a su propia naturaleza humana. La crueldad y la violencia están en el interior de cada uno de nosotros y su expansión es imparable. Juan y Pedro, los policías, tienden a recurrir a ellas también para hallar las respuestas que buscan, afianzándoles como unos antihéroes cegados por la ira y la redención por sus actos del pasado.

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La película cuenta con un casting muy acertado; sin embargo, tanto Raúl Arévalo como Javier Gutiérrez sobrevuelan el resto de un reparto en el que tampoco hay que desdeñar las miradas penetrantes de Nerea Barros ni la frescura interpretativa de actores como Jesús Castro o Jesús Carroza, habitual en los filmes de Rodríguez y que ha vuelto a la primera plana tras haber co-protagonizado la otra gran producción de la temporada El Niño (D. Monzón, 2014), precisamente acompañado de su tocayo Castro.

Hace un par de años, Pablo Berger lamentó haber tenido que estrenar su obra maestra Blancanieves (2012) pocos meses después de aquel sobrevalorado fenómeno internacional que traía por nombre The Artist (M. Hazanavicius, 2011). No son pocos, servidor incluido, los que han visto un tremendo parecido entre La Isla Mínima y este otro fenómeno mediático que ha sido la fabulosa primera temporada de True Detective (n Pizzolatto, 2014), sin despreciar tampoco a su compañera en temática Forbrydelsen (S. Sveistrup, 2007), aunque también existen pequeños trazos de filmes como Memories of murder (B. Joon-ho, 2003) o Fargo (J. Coen, 1996) en la última película de Rodríguez, sobre todo en el estudio que estas dos últimas hacen del tedio como herramienta para hacer avanzar la acción. No obstante, siempre es bueno recordar que Berger recibió sendos premios por su libre adaptación del cuento popular de la joven y su madrastra. El momento idóneo no crea el éxito, sí lo hace el talento. No todo está perdido.

JUAN PRIETO

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La isla mínima primer trailer

 

imageFicha técnica

Título: La isla mínima
Título original: La isla mínima
Director: Alberto Rodríguez
Guión: Alberto Rodríguez, Rafael Cobos
Fotografía: Alex Catalán
Reparto: Raúl Arévalo, Javier Gutiérrez, Jesús Carroza, Nerea Barros, Antonio de la Torre, Jesús Castro, Cecilia Villanueva, Salvador Reina
Productora: Atresmedia Cine, Atípica Films, Sacromonte Films
Año: 2014
País: España