La muerte de Robin Hood no es la típica historia del arquero de Sherwood. Si esperas flechas imposibles, aventuras y un héroe dispuesto a salvar el día, mejor cambia el chip. Michael Sarnoski decide desmontar el mito y mostrarnos a un Robin Hood envejecido, roto y perseguido por el peso de todas las decisiones que tomó en su vida.
Puede que su ritmo pausado no convenza a todo el mundo, pero cuando la película funciona lo hace gracias a su atmósfera y a un Hugh Jackman completamente entregado a un personaje que vive más pendiente de sus remordimientos que de sus hazañas. Es una propuesta que apuesta por el drama antes que por la épica, y eso la convierte en una versión muy distinta de una leyenda que parecía ya contada de todas las formas posibles.
La película es perfecta mostrando la búsqueda de la redención y el sufrimiento del personaje por su vida pasada. El director realiza un gran trabajo en este sentido, junto con una gran fotografía realzada por Patrick Scola, quien con ello ayuda a contar una triste historia sobre un personaje de leyenda que lleva en su mochila una gran tristeza por el hombre que realmente fue. Al estilo del mito que acompañó siempre a Billy el niño, apartado de la realidad, Jackman muestra un triste y cansado Robin luchando contra el mito que se creó.
No será la versión definitiva de Robin Hood para todos los públicos, pero sí una de las más personales y melancólicas que han llegado al cine en los últimos años. Una despedida amarga para un héroe que aquí ya no busca la gloria, sino un poco de paz.













