El próximo 24 de julio llega a Filmin “Yo te creo”, el debut en el largometraje de Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys. La película obtuvo una Mención Especial en la sección Perspectives del Festival de Berlín y fue la gran triunfadora del Festival de Sevilla, donde recibió tres galardones: el Giraldillo de Oro a la mejor película, el premio a la mejor actriz para Myriem Akheddiou y el de mejor guion.
Concentrada casi por completo en una única jornada judicial, “Yo te creo” construye un drama que pone el foco en la dificultad de las víctimas para ser escuchadas dentro del sistema de justicia. Una propuesta que conecta con obras recientes como “Querer” por su aproximación al abuso intrafamiliar y a las complejas consecuencias que deja en quienes intentan romper el silencio.

El punto de partida de “Yo te creo” surgió tras una larga investigación de Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys junto a víctimas, asociaciones y profesionales del ámbito judicial. Durante ese proceso descubrieron hasta qué punto los procedimientos que afrontan muchas madres separadas y sus hijos no son casos aislados, sino una realidad frecuente que, en demasiadas ocasiones, termina generando nuevos traumas.
«Queríamos mostrar que, más allá del trauma provocado por las agresiones, muchas víctimas también se sienten maltratadas durante el largo recorrido judicial. En lugar de protegerlas, la justicia puede convertirse en un espacio donde las heridas vuelven a abrirse», explican los directores. Lejos de convertir el juicio en un simple enfrentamiento legal, la película indaga en el impacto emocional que tienen unos mecanismos institucionales que, con frecuencia, obligan a las víctimas a demostrar una y otra vez la veracidad de su experiencia.
Sinopsis
Hoy, Alice se presenta ante el juez, sabiendo que no hay margen para el error. Debe hablar en nombre de sus hijos y enfrentarse a su padre, ya que su custodia está en juego. ¿Podrá hacer oír su voz y protegerlos antes de que sea demasiado tarde?
“Yo te creo” podría definirse como una película sobre la escucha. La puesta en escena permanece pegada a los rostros de quienes hablan, pero también —y sobre todo— de quienes reciben ese testimonio. La tensión nace de las miradas, los silencios y las reacciones contenidas, convirtiendo la escucha en el auténtico motor dramático del relato.












